El sabor del pan

Hay veces que el pan no sale bien. Por supuesto que la guillotina se deja caer sobre el horneador si el pan se quema o queda crudo. Es muy fácil saber si el pan está bien cocido: se parte a la mitad y, si tiene corazón, entonces el pan quedó crudo. El corazón del pan debe hornearse también, confundirse en la porosidad de todas sus partes. Si el pan, en cambio, tiene mal sabor, bueno, no hay más que pensar: algún ingrediente se pasó (el royal, por ejemplo, con algunas onzas más provoca que el pan se tire -para el caso de los panes que llevan molde- o se agrie un poco). A veces la masa está cortada, esto, según las pruebas científicas realizadas a varias panaderías del país, es porque un tipo externo (casi siempre alguien antojadizo) tuvo la mala suerte de llegar, ver la masa, preguntar qué están haciendo y mirar el batido. Su mirada es más que suficiente para echar a perder lo que pudo ser una obra maestra.

A veces todo sale mal y entonces el pan sale mal: te peleas con un amigo, extrañas a alguien, te molestan a cada rato, tienes coraje, haces las cosas con flojera, te molesta no estar en otro lado, etcétera, cientos de razones influyen de manera directa en la horneada o en la batida. Y entonces, claro, la masa paga las consecuencias. El pan sale triste, apachurrado, no sube, está insípido...

Los mercados siguen siendo el mejor lugar para vender pan. El pan en la panadería es como un animal enjaulado. El pan debe mirarse, no tocarse (hasta que lo compres), olerse (sin acercar la narizota). El buen pan lleva su olor hasta ti, por muy alto que seas. Una piedra, una cajita, un teléfono, ¡Dios de los olores!, dirige su perfume hacia tu nariz. Elegir un pan es como elegir una pareja: la ves, la hueles; después la tocas (algunas veces la escuchas) y al final te la comes. Debes escuchar con atención los secretos del bolillo, de igual forma el silencio del royal. Sólo la corteza debe sonar así, el cuerpo del pan no. Una vez que estás cierto de que comprarás éste y no aquél, pides la prueba y entonces el universo tiene sentido. El sabor corresponde (no siempre es así) a la mirada y al olor.

Quienes creen que lo anterior es mentira o que exagero es porque no tienen idea del mundo o porque la forma en que viven sus vidas está muy lejos del placer. El pan es tan delicioso porque sus reglas son únicas y estrictas. Simplemente estar frente al horno implica algunas reglas que no debes violar: no puedes rascarte el trasero por más comezón que tengas; no debes abrir el horno después de cierto tiempo, la masa podría pescar una brisa fría; el pan no debe cambiar de posición hasta que tenga color. Quienes creen que exagero, repito, es porque su mundo ha perdido el sentido de un oficio, el placer de un oficio, o porque nunca han trabajado.

Más allá de sacralizar la vida y el mundo que me rodea, aprecio el trabajo honrado (como se dice) de la gente y el sentido que tiene la vida para otros que sí saben apreciarla.

Comentarios

Anónimo dijo…
Creo que nunca podria ser panadera, y tampoco me encanta el pan, pero el simple hecho de leerte agudizo mis sentidos y desperto mi sistema limbico, gracias por escribir
Ximena dijo…
A mí me encanta el pan y como escribes de pura casualidad y leyendo otros blogs llegué al tuyo me pareció muy bonito todo lo que escribes. Saludos

Entradas populares