Desvelo

Jeniffer A. Otero Sáez


No sé cuántos desvelos llevo encima. En mi adolescencia trabajé en una fábrica de ropa. Apenas salía de la escuela, caminaba a casa, comía cualquier cosa y luego iba al trabajo. Entraba a las 3 y salía a las 7:30 pm. Si mal no recuerdo, ganaba 35 pesos y, los días completos, como el sábado, 70. Entre semana salía del trabajo a las 7:30. Llegaba a casa a eso de las 8 pm. Cenábamos papá, mamá, hermana y yo, me daba un baño para no hacerlo al otro día, pues entraba a las 7 am, y después, a eso de las 9:30 o incluso 10 pm, comenzaba a hacer mi tarea. Mi responsabilidad y mi matadez me impedían dormir sin haberla terminado. Recuerdo una madrugada en especial, en la que los ojos se me cerraban y no daba con la solución de un ejercicio de matemáticas… Creo que fue la primera vez que maldije la necesidad de trabajar con 13 o 14 años, maldije igualmente la tarea y, sobre todo, envidié con algo de rabia a las personas que podían irse a la cama antes de las 12 o, peor aún, desvelarse por puro gusto.

Cuando llegué a la Ciudad de México, conocí los desvelos inútiles. Viví en una casa de estudiantes (que hoy, por cierto, cumple 75 años y que seguramente, mientras escribo estas líneas, el baile, cuando no los golpes, estén a todo lo que dan), pues me resultaba imposible pagar una renta. Cada viernes había asambleas hasta altas horas de la noche y cada sábado se bebía hasta que la música y la garganta se apagaran. En aquel entonces no podía quejarme por esos desvelos, pues en esa casa vivía un tipo que trabajaba durante la madrugada en una tienda de autoservicio. Su horario de trabajo era de 11 pm a 5 am, con una hora de comida de 2 a 3 am, que él usaba para dormitar. Aquella jornada me sigue pareciendo inhumana. No la jornada laboral en sí, después de todo, en el mundo hay miles, cuando no millones, de personas que tienen que cubrir turnos nocturnos. Lo que me parecía inhumano era que ese tipo, además de trabajar, estudiaba en el IPN, cuyo turno matutino siempre ha tenido por ingreso las 7 am. Es decir, este tipo salía de su trabajo a las 5 am, llegaba a la casa del estudiante, se daba un baño y después se iba a la escuela. Volvía a las 2 o 3 pm y trataba de dormir durante la tarde (y digo trataba porque, quien ha estado en una casa de estudiantes, sabe que suele haber compañeros que patean la puerta para que despiertes, cuando no tu cama). 

Durante la pandemia, hubo una vez que, mientras daba una clase en línea, los ojos se me cerraron por escasos segundos, pero suficiente para que los estudiantes advirtieran que su profesor estaba más dormido que despierto. Recuerdo que habíamos tenido entrega de plantas y había estado con mi hijo toda la tarde, por lo que mi cuerpo estaba exhausto; en fin, había tenido el día ocupado y, como me suele suceder aún hoy en día, dejé mi propio trabajo para la madrugada. En suma, traía quizá un par de horas de descanso. Esa mañana supongo que no pude más. Aunque me apena un poco admitirlo y más aún contarlo, aquella vez mis estudiantes (un grupo muy considerado, debo decir) notaron mi cansancio y, muy amablemente, me dijeron que no me preocupara, que les dejara cualquier trabajo y que ellos lo harían sin problema, para que yo pudiera apagar la cámara unos minutos y dormir antes de mi siguiente clase. Creo que nunca se los agradecí.

Me molesta que la gente diga que la muerte es el descanso eterno. El descanso que reconforta, que anima, que carga de energía, que relaja el cuerpo, es el descanso en vida; lo otro se llama morir. Me gustaría descansar, dormir sin que nada interrumpa mi sueño; pero me temo que nací en este cuerpo y en este mundo que me ha impedido descansar a gusto desde muy temprana edad. El descanso que he perdido, lo he perdido para siempre. 

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