Desvelo
Jeniffer A. Otero Sáez
Cuando llegué a la Ciudad de México, conocí los desvelos inútiles. Viví en una casa de estudiantes (que hoy, por cierto, cumple 75 años y que seguramente, mientras escribo estas líneas, el baile, cuando no los golpes, estén a todo lo que dan), pues me resultaba imposible pagar una renta. Cada viernes había asambleas hasta altas horas de la noche y cada sábado se bebía hasta que la música y la garganta se apagaran. Pese a todo, en aquel entonces no podía quejarme por los desvelos, pues en esa casa vivía un tipo que trabajaba de madrugada en una tienda de autoservicio. Su horario de trabajo era de 11 pm a 5 am, con una hora de comida de 2 a 3 am, que él usaba para dormitar. Aquella jornada me sigue pareciendo inhumana para un tipo que, además de trabajar, estudiaba en el IPN, cuyo turno matutino siempre ha iniciado a las 7 am. Es decir, este tipo salía de su trabajo a las 5 am, llegaba a la casa del estudiante, se daba un baño y después se iba a la escuela. Volvía a las 2 o 3 pm y trataba de dormir durante la tarde (y digo trataba porque, quien ha estado en una casa así, sabe que hay compañeros que no te dejan dormir).
Durante la pandemia, hubo una vez que, mientras impartía una clase en línea, los ojos se me cerraron por escasos segundos (lo suficiente para que varios estudiantes advirtieran que su profesor estaba más dormido que despierto). Recuerdo que tuve entrega de plantas y había estado con mi hijo por la tarde, por lo que mi cuerpo estaba exhausto; en fin, había tenido el día ocupado y, como me suele suceder aún hoy en día, dejé mi propio trabajo para la madrugada. En suma, traía quizá un par de horas de descanso (una vez sumé ocho horas de sueño en cinco días: creo que es mi récord). Esa mañana supongo que no pude más. Aunque me apena un poco admitirlo y más aún contarlo, aquella vez mis estudiantes (un grupo muy considerado, debo decir) notaron mi cansancio y, muy amablemente, me dijeron que no me preocupara, que les dejara cualquier trabajo y que ellos lo harían sin problema, para que yo pudiera apagar la cámara unos minutos y dormir antes de mi siguiente clase. Creo que nunca se los agradecí.
Me molesta que la gente diga que la muerte es el descanso eterno. El descanso que reconforta, que anima, que carga de energía, que relaja el cuerpo, es el descanso en vida; lo otro se llama morir. Me gustaría descansar, dormir sin que nada interrumpiera mi sueño; pero me temo que nací en este cuerpo y en este mundo que me ha impedido descansar a gusto desde muy temprana edad. El descanso que he perdido, lo he perdido para siempre.


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